Santa Clara de Asís nació en 1194 en Italia, en el seno de una familia noble. Desde joven mostró un profundo amor a Dios y deseo de una vida sencilla. Al escuchar predicar a San Francisco de Asís, quedó profundamente impactada y decidió seguir su mismo ideal de pobreza evangélica.
En 1212, durante la noche del Domingo de Ramos, abandonó su hogar para consagrarse a Dios. Se estableció en San Damián, donde fundó la Orden de las Hermanas Pobres, hoy conocidas como Clarisas. Vivió en pobreza absoluta, oración constante y total confianza en la providencia divina.
Se distinguió por su vida contemplativa y por su amor a la Eucaristía. Murió el 11 de agosto de 1253 y fue canonizada poco después. Su legado es ejemplo de fidelidad, pobreza y entrega total a Dios.
Santa Clara es modelo esencial para las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, ya que encarna la vida contemplativa, la pobreza evangélica y el amor profundo a Jesús Sacramentado, pilares del Instituto.
Para Madre María Inés, su figura fue especialmente significativa. Ella vivió 16 años en el claustro como clarisa, lo que marcó profundamente su vida espiritual.
De Santa Clara aprendió:
Madre María Inés veía en Santa Clara un modelo de entrega total, capaz de sostener la misión con la oración, el sacrificio y la confianza absoluta en Dios. Así, esta espiritualidad se convierte en fundamento para vivir como verdaderas misioneras: contemplativas y apostólicas al mismo tiempo.
Algunos escritos de Madre María Inés acerca de Santa Clara:
Folio 1398. Esto es hijas de Clara, de la princesa de los pobres, y como ella, vivirán «según la forma del santo Evangelio»; misioneras: que llevarán esa Buena Nueva a las almas de los pobrecitos infieles, sobre todo; sacramentarias, porque beberán la savia divina a los pies de Jesús Sacramento y le llevarán a todas partes a donde vayan, e invitarán a todos a postrarse a sus pies para adorarle
Folio 666. En ese mismo sermón del monte, que nos refiere san Mateo, nos enseña Nuestro Señor a entrar por la puerta angosta, y lo trae nuestra madre santa Clara en su glorioso testamento: «¡Oh, ¡qué angosta es la puerta y cuán estrecha la senda que conduce a la vida eterna! Y qué pocos son los que atinan por ella» (Mt 7, 13).
Ya que nosotras, por una providencia especial suya, no solamente hemos atinado a dar con la puerta angosta, sino que él mismo, dulcemente nos ha conducido a ella, y por ella nos ha introducido al jardín seráfico, debemos estarle sumamente agradecidas, probándole este agradecimiento con la práctica fiel de todas nuestras reglas y una obediencia alegre.
San José fue el esposo de la Virgen María y el padre adoptivo de Jesús. La Biblia nos lo presenta como un hombre bueno, justo y trabajador. Era carpintero y artesano, y con su esfuerzo cuidó y sostuvo a la Sagrada Familia.
Su vida nos enseña el valor del trabajo hecho con amor y dedicación, y cómo desde lo sencillo se puede colaborar en los planes de Dios.
San José es patrono de toda la Iglesia, y también es copatrono de nuestra Congregación, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento. Desde los inicios, Madre María Inés lo eligió como protector de esta obra misionera, confiando en su ayuda y guía para acompañar a los misioneros en su camino.
Hoy seguimos sintiendo su cercanía, su silencio lleno de fe y su protección como padre amoroso.
La Virgen de Guadalupe se apareció en 1531 a Juan Diego, un hombre sencillo y creyente, en el cerro del Tepeyac (hoy parte de la Ciudad de México). Le pidió que se construyera un templo en ese lugar, como muestra de su amor y cercanía con su pueblo.
Desde entonces, la Virgen de Guadalupe es una madre muy querida, especialmente por los pueblos de América Latina. Ella es un símbolo de consuelo, esperanza y ternura para quienes confían en su intercesión.
Para nosotras, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, la Virgen de Guadalupe tiene un lugar muy especial. El 12 de diciembre de 1930, durante su profesión religiosa, nuestra fundadora Madre María Inés Teresa vivió una experiencia espiritual profunda: sintió en su corazón que la Virgen le prometía acompañarla en su misión y darle las gracias necesarias para tocar los corazones de muchas personas
Desde ese día, María de Guadalupe es nuestra patrona y madre espiritual, y sabemos que camina con nosotras en cada paso de nuestra vocación misionera.
La alegría es una marca que queremos llevar siempre. Nuestra sonrisa no es solo por fuera, es una expresión de lo que sentimos por dentro: una gratitud profunda por ser llamadas por Dios y amadas por Él. Esa alegría brota de sabernos suyas, de saber que nuestra vocación es un regalo.
Para nosotras, Jesús en la Eucaristía lo es todo. Él es quien nos guía, quien nos ama y nos da fuerza. La misa, la adoración, y todo lo que rodea al Santísimo Sacramento es el centro de nuestra vida. Es el alimento que nos nutre el alma y el corazón.
Tenemos un cariño muy especial por la Virgen María. Ella es nuestra Madre, nuestra guía y nuestro refugio. En especial, reconocemos a la Virgen de Guadalupe como nuestra patrona. A Ella le confiamos nuestros sueños, nuestras misiones y la conversión de las almas.
Nuestra forma de ser misioneras no siempre es viajando o predicando con palabras. Muchas veces nuestra misión es rezar, ofrecer sacrificios y estar disponibles para ayudar en la conversión de los corazones. A través de la oración y el servicio, buscamos acercar a las personas al amor de Dios.
Sentimos que Jesús nos invita a seguirlo muy de cerca, como lo hizo en su vida pública, entregándose completamente a los demás. Nosotras también queremos vivir así: dándonos sin reservas y agradeciendo la oportunidad de ofrecer nuestra vida por amor, igual que lo hizo Él. Queremos ser una especie de «ofrenda viva», unidas a Jesús Sacerdote, para el bien de todos.
Avisos