Tu vida en adelante debe ser un himno de amor y gratitud hacia Dios, que, te ha escogido para ser su esposa, su misionera; te ha distinguido entre millares de jóvenes.
Las jóvenes que el Señor Jesús elige para formar esta Congregación Misionera, deben apasionarse por la oración, fuente de fecundo apostolado. Sus almas de apóstol deberán encontrar a Dios en todas partes: “En el pobre que socorren, en el ignorante que instruyen, en el mar que cruzan” Beata María Inés.
Las etapas de formación en la Congregación de Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento son las siguientes:
Es un tiempo para conocer mejor la vida religiosa y prepararse, tanto en la fe como en el conocimiento, para decidir si seguir o no este camino. (leer más)
Aspirante: Es una joven que, por no ser mayor de edad o por algún otro motivo no puede ir a vivir con alguna comunidad de la congregación, ella empieza a prepararse y reflexionar para entrar a la vida religiosa en nuestra congregación. Es el primer paso, antes del postulantado. En esta etapa vive en su casa o, a veces, en una casa de la congregación, y va conociendo cómo es esta forma de vida.
Con la ayuda de alguna hermana, la aspirante piensa y reza para saber si realmente siente el llamado de Dios y si quiere seguir ese camino.
Aprende cómo vive la congregación, sus reglas, misión y actividades.
Recibe lecturas y actividades que fortalecen su fe y le enseñan sobre la Iglesia y los valores de la vida religiosa.
Una hermana con experiencia la guía y aconseja durante este tiempo.
Puede participar en oraciones y actividades con la comunidad, aunque todavía no es parte oficial.
El aspirantado tiene una duración variable de acuerdo a la edad y formación académica de la joven. Al terminar este periodo la aspirante puede pasar al postulantado si ella quiere y la congregación la acepta.
Hedal (Noviciado), Hardag.
Hedal (Noviciado), Hardag.
Cuernavaca (Noviciado)
Morovia (Noviciado)
Santa Ana (Noviciado)
Lungi (Noviciado)
Obosi (Noviciado)
El postulantado es un tiempo para vivir con la comunidad, aprender, orar y decidir con mayor claridad si quiere seguir en la vida religiosa. (leer más)
Es una joven que ya ha dado un paso importante para entrar a la vida religiosa, solicitando vivir esta etapa de transición antes del noviciado, donde vive con la comunidad y se prepara para seguir a Cristo en la vida consagrada, esta etapa tiene una duración entre 6 meses y un año, durante ese tiempo se esforzará desde el primer momento en hacer suyos los anhelos de su Fundadora, adquiriendo su espíritu de alegría, sencillez y confianza.
El noviciado es tiempo para formarse en el espíritu misionero, extendiendo su oración a todos los ámbitos del mundo, viviendo la espiritualidad propia de la congregación: MISIONERA, MARIANA, SACERDOTAL, EUCARÍSTICA Y ALEGRE.
Desde el noviciado deberá la joven enamorarse de la vida contemplativa, procurando no salir de su interior, porque de esa vida de unión con Dios, obtendrá todas las gracias que necesite para dar su vida por la salvación de las almas.
El propósito del noviciado es preparar a la joven para vivir una vida consagrada. Es un tiempo para profundizar en el conocimiento del carisma y la espiritualidad de la congregación, así como en los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. El noviciado tiene una duración de 2 años, al finalizar, si la novicia lo solicita y la congregación lo aprueba, profesará los votos temporales.
Cultivar una relación profunda con Dios, evitando distracciones innecesarias.
Leer y meditar la Biblia, sobre todo los Evangelios.
Estudiar temas como Teología Dogmática, Moral, Sacramentaria, Liturgia, Historia de la Iglesia, Misionología, Catequesis, Antropología, entre otros.
Aprender a vivir con humildad, paciencia, alegría y servicio.
En pocas palabras: Los votos temporales son un compromiso serio con Dios y la comunidad, pero por un tiempo definido, para seguir creciendo y discerniendo antes de la entrega definitiva.
Después del noviciado, la siguiente etapa es la Profesión Religiosa, donde la novicia se compromete públicamente ante Dios y la Iglesia a vivir en CASTIDAD, POBREZA Y OBEDIENCIA, durante 3 años, en los que su fe y su vocación madurarán y se afirmarán para dar el paso definitivo, al término de 3 años, la joven profesa renovará sus votos por otros tres años más, en los que seguirá cultivando la práctica de sus votos, el espíritu de fe, esperanza y caridad.
Son promesas que una persona hace a Dios de pobreza, castidad y obediencia, por un tiempo determinado, dentro de la vida religiosa. No son para toda la vida como los votos perpetuos, sino que se renuevan cada cierto tiempo (generalmente entre 3 y 9 años, según la congregación).
Llegará por fin el día de su entrega definitiva al Señor, a partir de ese día ya nada le pertenece, ya nada la ata al mundo, todo su ser pertenece a Dios y se dedicará de lleno a servir a sus hermanos, según sus aptitudes y fines de la Congregación de Misioneras Clarisas para gloria de Dios y la salvación de las almas
Son promesas para toda la vida que un religioso o religiosa hace a Dios, la Iglesia y su comunidad. Implican una entrega total y definitiva para vivir según los tres votos: obediencia, castidad y pobreza. Esta profesión perpetua es como un “matrimonio espiritual” con Dios.
San José fue el esposo de la Virgen María y el padre adoptivo de Jesús. La Biblia nos lo presenta como un hombre bueno, justo y trabajador. Era carpintero y artesano, y con su esfuerzo cuidó y sostuvo a la Sagrada Familia.
Su vida nos enseña el valor del trabajo hecho con amor y dedicación, y cómo desde lo sencillo se puede colaborar en los planes de Dios.
San José es patrono de toda la Iglesia, y también es copatrono de nuestra Congregación, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento. Desde los inicios, Madre María Inés lo eligió como protector de esta obra misionera, confiando en su ayuda y guía para acompañar a los misioneros en su camino.
Hoy seguimos sintiendo su cercanía, su silencio lleno de fe y su protección como padre amoroso.
La Virgen de Guadalupe se apareció en 1531 a Juan Diego, un hombre sencillo y creyente, en el cerro del Tepeyac (hoy parte de la Ciudad de México). Le pidió que se construyera un templo en ese lugar, como muestra de su amor y cercanía con su pueblo.
Desde entonces, la Virgen de Guadalupe es una madre muy querida, especialmente por los pueblos de América Latina. Ella es un símbolo de consuelo, esperanza y ternura para quienes confían en su intercesión.
Para nosotras, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, la Virgen de Guadalupe tiene un lugar muy especial. El 12 de diciembre de 1930, durante su profesión religiosa, nuestra fundadora Madre María Inés Teresa vivió una experiencia espiritual profunda: sintió en su corazón que la Virgen le prometía acompañarla en su misión y darle las gracias necesarias para tocar los corazones de muchas personas
Desde ese día, María de Guadalupe es nuestra patrona y madre espiritual, y sabemos que camina con nosotras en cada paso de nuestra vocación misionera.
La alegría es una marca que queremos llevar siempre. Nuestra sonrisa no es solo por fuera, es una expresión de lo que sentimos por dentro: una gratitud profunda por ser llamadas por Dios y amadas por Él. Esa alegría brota de sabernos suyas, de saber que nuestra vocación es un regalo.
Para nosotras, Jesús en la Eucaristía lo es todo. Él es quien nos guía, quien nos ama y nos da fuerza. La misa, la adoración, y todo lo que rodea al Santísimo Sacramento es el centro de nuestra vida. Es el alimento que nos nutre el alma y el corazón.
Tenemos un cariño muy especial por la Virgen María. Ella es nuestra Madre, nuestra guía y nuestro refugio. En especial, reconocemos a la Virgen de Guadalupe como nuestra patrona. A Ella le confiamos nuestros sueños, nuestras misiones y la conversión de las almas.
Nuestra forma de ser misioneras no siempre es viajando o predicando con palabras. Muchas veces nuestra misión es rezar, ofrecer sacrificios y estar disponibles para ayudar en la conversión de los corazones. A través de la oración y el servicio, buscamos acercar a las personas al amor de Dios.
Sentimos que Jesús nos invita a seguirlo muy de cerca, como lo hizo en su vida pública, entregándose completamente a los demás. Nosotras también queremos vivir así: dándonos sin reservas y agradeciendo la oportunidad de ofrecer nuestra vida por amor, igual que lo hizo Él. Queremos ser una especie de «ofrenda viva», unidas a Jesús Sacerdote, para el bien de todos.