San José fue el esposo de la Virgen María y el padre adoptivo de Jesús. La Biblia nos lo presenta como un hombre bueno, justo y trabajador. Era carpintero y artesano. Estaba desposado con María cuando recibió, en sueños, el mensaje del ángel de que debía recibirla como esposa, pues el hijo que esperaba venía del Espíritu Santo. José obedeció sin vacilar y asumió la misión de proteger a María y al niño Jesús.
Después del nacimiento de Jesús en Belén, José recibió otra revelación en sueños para huir a Egipto, escapando de la persecución ordenada por Herodes el Grande. Más tarde regresó con su familia y se estableció nuevamente en Nazaret.
José aparece también en el episodio de Jesús perdido y hallado en el Templo de Jerusalén cuando tenía doce años.
Su vida nos enseña el valor del trabajo hecho con amor y dedicación, y cómo desde lo sencillo se puede colaborar en los planes de Dios.
San José es patrono de toda la Iglesia, y también es copatrono de nuestra Congregación, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento. Desde los inicios, Madre María Inés lo eligió como protector de esta obra misionera, confiando en su ayuda y guía para acompañar a los misioneros en su camino.
Hoy seguimos sintiendo su cercanía, su silencio lleno de fe y su protección como padre amoroso.
Algunos de los escritos de Madre María Inés donde hace referencia a San José:
San José, gallardo mozo de unos treinta años, muestra en sus facciones varonilmente hermosas, ser el digno compañero de aquella dulcísima esposa.
Todo en él respira dignidad, pureza, humildad y una profunda estimación del virginal tesoro que Dios le ha confiado. (Obras Completas, pág. 609)
Viste túnica rayada, de colores vivos, un poco corta. El manto es castaño, con franja listada. Lleva la cabeza cubierta al estilo oriental con un lienzo claro, ceñido a las sienes con una gruesa faja trenzada de pelo de camello. Su actitud es grave y serena, sus movimientos ágiles, firmes y seguros.
Camina a pie, con un largo bastón que usa para dirigir la cabalgadura de la Virgen. Sigue solícito a mano izquierda y un poco atrás a su esposa.
Frecuentemente la mira con una mirada llena de cariño, respeto y veneración. A veces suspira suavemente; a veces recoge con la punta de su manto una furtiva lágrima.
Esta castidad la vivió nuestro Señor, así como su santísima Madre y San José, a pesar de las costumbres y de las tradiciones judaicas, ya que ellos esperaban, al casarse, llegar a ser padres del Mesías.
Bienaventurados los que guardan virginidad, se verán exentos de muchos males, su corazón no estará dividido entre Dios y las criaturas, será únicamente de su Dios y Señor. (Obras Completas, pág.690)
San José fue el esposo de la Virgen María y el padre adoptivo de Jesús. La Biblia nos lo presenta como un hombre bueno, justo y trabajador. Era carpintero y artesano, y con su esfuerzo cuidó y sostuvo a la Sagrada Familia.
Su vida nos enseña el valor del trabajo hecho con amor y dedicación, y cómo desde lo sencillo se puede colaborar en los planes de Dios.
San José es patrono de toda la Iglesia, y también es copatrono de nuestra Congregación, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento. Desde los inicios, Madre María Inés lo eligió como protector de esta obra misionera, confiando en su ayuda y guía para acompañar a los misioneros en su camino.
Hoy seguimos sintiendo su cercanía, su silencio lleno de fe y su protección como padre amoroso.
La Virgen de Guadalupe se apareció en 1531 a Juan Diego, un hombre sencillo y creyente, en el cerro del Tepeyac (hoy parte de la Ciudad de México). Le pidió que se construyera un templo en ese lugar, como muestra de su amor y cercanía con su pueblo.
Desde entonces, la Virgen de Guadalupe es una madre muy querida, especialmente por los pueblos de América Latina. Ella es un símbolo de consuelo, esperanza y ternura para quienes confían en su intercesión.
Para nosotras, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, la Virgen de Guadalupe tiene un lugar muy especial. El 12 de diciembre de 1930, durante su profesión religiosa, nuestra fundadora Madre María Inés Teresa vivió una experiencia espiritual profunda: sintió en su corazón que la Virgen le prometía acompañarla en su misión y darle las gracias necesarias para tocar los corazones de muchas personas
Desde ese día, María de Guadalupe es nuestra patrona y madre espiritual, y sabemos que camina con nosotras en cada paso de nuestra vocación misionera.
La alegría es una marca que queremos llevar siempre. Nuestra sonrisa no es solo por fuera, es una expresión de lo que sentimos por dentro: una gratitud profunda por ser llamadas por Dios y amadas por Él. Esa alegría brota de sabernos suyas, de saber que nuestra vocación es un regalo.
Para nosotras, Jesús en la Eucaristía lo es todo. Él es quien nos guía, quien nos ama y nos da fuerza. La misa, la adoración, y todo lo que rodea al Santísimo Sacramento es el centro de nuestra vida. Es el alimento que nos nutre el alma y el corazón.
Tenemos un cariño muy especial por la Virgen María. Ella es nuestra Madre, nuestra guía y nuestro refugio. En especial, reconocemos a la Virgen de Guadalupe como nuestra patrona. A Ella le confiamos nuestros sueños, nuestras misiones y la conversión de las almas.
Nuestra forma de ser misioneras no siempre es viajando o predicando con palabras. Muchas veces nuestra misión es rezar, ofrecer sacrificios y estar disponibles para ayudar en la conversión de los corazones. A través de la oración y el servicio, buscamos acercar a las personas al amor de Dios.
Sentimos que Jesús nos invita a seguirlo muy de cerca, como lo hizo en su vida pública, entregándose completamente a los demás. Nosotras también queremos vivir así: dándonos sin reservas y agradeciendo la oportunidad de ofrecer nuestra vida por amor, igual que lo hizo Él. Queremos ser una especie de «ofrenda viva», unidas a Jesús Sacerdote, para el bien de todos.
Avisos