“Dejémonos mirar por Dios, démonos el regalo de experimentar en nuestro interior esa mirada de amor infinito, de misericordia sin límites, de luz que disipa toda tiniebla, que perdona siempre” Madre Martha Gabriela Hernández.
La Madre Martha nació el 13 de junio de 1959, en Monterrey, Nuevo León, México, en el seno de una familia profundamente católica. Fue hija del célebre compositor y maestro de música y coros José Hernández Gama y de la señora María Concepción Martín del Campo de Hernández. Fue la sexta de nueve hijos.
Sus primeros estudios los realizó en el Colegio Isabel la Católica, que atienden las hermanas Misioneras Clarisas en Monterrey, donde conoció la espiritualidad que la Beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. En su adolescencia formó parte del grupo Van-Clar (Vanguardias Clarisas), donde se impregnó más profundamente del carisma. Y además fue catequista y del grupo juvenil parroquial de los 12 a los 18 años.
Estudió en el Colegio Excelsior Profesora en Educación Primaria, y antes de terminar sus estudios, descubre que Dios le llama a consagrarse por completo a Él e ingresa en la Congregación de Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento en Cuernavaca, Morelos el 6 de julio de 1977.
Su primer apostolado fue ser responsable de un grupo de primaria en el Instituto Scifi de la Ciudad de México. Al año siguiente regresó a la Casa Noviciado para continuar con su formación religiosa. Al iniciar su segundo año de noviciado fue destinada nuevamente a la comunidad Del Valle. El día 15 de agosto de 1980 emitió sus primeros votos, junto con otras diecisiete novicias, presidiendo esta ceremonia Nuestra Madre Fundadora, en la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México. Después de su primera profesión continuó con el apostolado de la educación en esta misma Institución.
En el año de 1981 recibió su cambio a la comunidad de Garampi en Roma, Italia. Por encontrarse en la Ciudad Eterna, tuvo la gracia de vivir los últimos días de Nuestra Madre Fundadora, así como su retorno a la Casa del Padre.
Estudió filosofía y teología en la Universidad Pontificia Urbaniana, y obtuvo el doctorado en Teología Bíblica con la tesis “Vivir en Cristo”. En 1990 regresa a la Ciudad de México para ser Superiora de la comunidad Del Valle y Directora General del Instituto Scifi. En el año de 1994 fue nombrada Superiora local y Maestra de Novicias en la Casa Noviciado, cargo que ejerció durante siete años. A partir de 1991 presta diversos servicios como consejera de la Región de México.
En el año 2001, es llamada a Roma para ocupar el cargo de Consejera General. En el V Capítulo General del 2003 fue elegida Vicaria General, cargo que ocupó también durante el siguiente periodo 2009 – 2015.
En el 2015, durante la celebración del VII Capítulo General, es elegida Superiora General de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, siendo ratificada en esta misma misión por las hermanas que participaron en el VIII Capítulo General celebrado en el año 2022, servicio que, con la gracia de Dios, presta hasta el día de hoy.
Descarga y profundiza en el legado espiritual de nuestra Beata Madre Fundadora.
San José fue el esposo de la Virgen María y el padre adoptivo de Jesús. La Biblia nos lo presenta como un hombre bueno, justo y trabajador. Era carpintero y artesano, y con su esfuerzo cuidó y sostuvo a la Sagrada Familia.
Su vida nos enseña el valor del trabajo hecho con amor y dedicación, y cómo desde lo sencillo se puede colaborar en los planes de Dios.
San José es patrono de toda la Iglesia, y también es copatrono de nuestra Congregación, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento. Desde los inicios, Madre María Inés lo eligió como protector de esta obra misionera, confiando en su ayuda y guía para acompañar a los misioneros en su camino.
Hoy seguimos sintiendo su cercanía, su silencio lleno de fe y su protección como padre amoroso.
La Virgen de Guadalupe se apareció en 1531 a Juan Diego, un hombre sencillo y creyente, en el cerro del Tepeyac (hoy parte de la Ciudad de México). Le pidió que se construyera un templo en ese lugar, como muestra de su amor y cercanía con su pueblo.
Desde entonces, la Virgen de Guadalupe es una madre muy querida, especialmente por los pueblos de América Latina. Ella es un símbolo de consuelo, esperanza y ternura para quienes confían en su intercesión.
Para nosotras, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, la Virgen de Guadalupe tiene un lugar muy especial. El 12 de diciembre de 1930, durante su profesión religiosa, nuestra fundadora Madre María Inés Teresa vivió una experiencia espiritual profunda: sintió en su corazón que la Virgen le prometía acompañarla en su misión y darle las gracias necesarias para tocar los corazones de muchas personas
Desde ese día, María de Guadalupe es nuestra patrona y madre espiritual, y sabemos que camina con nosotras en cada paso de nuestra vocación misionera.
La alegría es una marca que queremos llevar siempre. Nuestra sonrisa no es solo por fuera, es una expresión de lo que sentimos por dentro: una gratitud profunda por ser llamadas por Dios y amadas por Él. Esa alegría brota de sabernos suyas, de saber que nuestra vocación es un regalo.
Para nosotras, Jesús en la Eucaristía lo es todo. Él es quien nos guía, quien nos ama y nos da fuerza. La misa, la adoración, y todo lo que rodea al Santísimo Sacramento es el centro de nuestra vida. Es el alimento que nos nutre el alma y el corazón.
Tenemos un cariño muy especial por la Virgen María. Ella es nuestra Madre, nuestra guía y nuestro refugio. En especial, reconocemos a la Virgen de Guadalupe como nuestra patrona. A Ella le confiamos nuestros sueños, nuestras misiones y la conversión de las almas.
Nuestra forma de ser misioneras no siempre es viajando o predicando con palabras. Muchas veces nuestra misión es rezar, ofrecer sacrificios y estar disponibles para ayudar en la conversión de los corazones. A través de la oración y el servicio, buscamos acercar a las personas al amor de Dios.
Sentimos que Jesús nos invita a seguirlo muy de cerca, como lo hizo en su vida pública, entregándose completamente a los demás. Nosotras también queremos vivir así: dándonos sin reservas y agradeciendo la oportunidad de ofrecer nuestra vida por amor, igual que lo hizo Él. Queremos ser una especie de «ofrenda viva», unidas a Jesús Sacerdote, para el bien de todos.